miércoles, 9 de diciembre de 2020

GANADOR DEL 67º PREMIO DE NOVELA ATENEO-CIUDAD DE VALLADOLID 2020 (España)

 Ganador 67 Premio de Novela “Ateneo-Ciudad de Valladolid”


La edición número 67 del Premio de novela «Ateneo-Ciudad de Valladolid», promovida por el Ateneo y el Ayuntamiento de Valladolid, con la participación de 124 escritores de todos los puntos de España y de países como Estados Unidos, Cuba, México, Ecuador, Francia, Italia, Alemania y Australia, ya tiene ganador. Elena Hernández Matanza, de 51 años y residente en El Escorial, periodista y correctora de textos, ha ganado con la novela (su primera novela) ‘Regreso’ el premio dotado con 20.000€. El premio Ateneo-Ciudad de Valladolid es uno de los más prestigiosos de España, tanto por la importante dotación como por su antigüedad pues se trata del premio de novela más antiguo del país tras el Nadal. Y está editado por la editorial Algaida del grupo Anaya. 

El jurado estuvo formado por Angélica Tanarro, periodista y directora de la Sección de Literatura del Ateneo de Valladolid; Miguel Ángel Rodríguez Matellanes, director de Editorial Algaida; Pedro Ojeda, poeta, profesor de literatura de la Universidad de Burgos y co-responsable de «Valladolid Letraherido» de la Fundación Municipal de Cultura; Carlos Aganzo, poeta también, periodista y jefe de Relaciones Institucionales del Grupo Vocento, y María Aurora Viloria, periodista del Norte de Castilla y secretaria del premio.



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GANADOR DEL XXIX CERTAMEN DE POESÍA JOSÉ CHACÓN 2020 (España)

 Acta del XXIX CERTAMEN DE POESÍA JOSÉ CHACÓN. Abierta la plica, resultó ser el autor premiado José Luis Martín Cea con la obra “Para siempre” (Poema premiado)



El pasado jueves día 24 de septiembre de 2020 tuvo lugar la entrega del premio al XXIX Certamen de Poesía José Chacón, cuyo ganador resultó ser José Luis Martín Cea, con la obra “Para siempre”, la cual podremos disfrutar en este enlace.


ACTA DEL JURADO Y POEMA PREMIADO en https://culturalcala.es



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GANADOR DEL RAÚL ZURITA RECIBE EL XXIX PREMIO REINA DOÑA SOFÍA DE POESÍA IBEROAMERICANA EN EL PALACIO REAL DE MADRID

 RAÚL ZURITA RECIBE EL XXIX PREMIO REINA DOÑA SOFÍA DE POESÍA IBEROAMERICANA EN EL PALACIO REAL DE MADRID


Raúl Zurita Canessa (Chile, 1950) ha recogido este miércoles el XXIX Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, de manos de Su Majestad la Reina Doña Sofía, en un acto celebrado en el Salón de Columnas del Palacio Real de Madrid en el que han participado la presidenta de Patrimonio Nacional, Llanos Castellanos, y el rector de la Universidad de Salamanca, Ricardo Rivero, como representantes de las instituciones que convocan el galardón.

Zurita ha iniciado su intervención con la lectura de los primeros versos de “uno de los más grandes poemas escritos en castellano”, Hijo de la luz y la sombra, de Miguel Hernández, y ha agradecido “profundamente” la entrega del galardón “hoy, en el Día Internacional contra la Violencia de Género”. “Recibo con alegría, orgullo y, al mismo tiempo, con pudor y vergüenza. Es demasiado todo lo que no hemos hecho, todo lo que no estamos alcanzando a hacer, todo lo que debimos entregar y que tal vez ya no entreguemos”, ha asegurado.

El poeta chileno también ha tenido un recuerdo para sus compatriotas al asegurar: “Vengo de un país de desaparecidos que hoy se ha volcado fervorosamente a las calles en su lucha por recobrar su dignidad, y la poesía es parte de esa lucha”.

El galardonado tampoco ha querido pasar por alto “el terrible momento que el mundo está atravesando” y ha agradecido “doblemente” la celebración del acto “de cuerpo presente”. “Son, lo sabemos, centenares de miles de muertos, más la secuela de miseria, injusticias e inequidades monstruosas que la pandemia ha revelado en toda su pavorosa evidencia. Asomándonos desde los bordes de la vida, desde su tumefacción y heridas, hemos muerto en cada cuerpo que muere, hemos enmudecido en cada uno de estos finales silenciosos, sin abrazos, sin ilusiones, y en lo más oscuro del dolor y de la pérdida, con los ojos llorosos, hemos entrevisto también la trama de un amor incancelable instalado en el corazón mismo de la tierra. De esta tierra que, a pesar de todo, nos ama”.

La presidenta de Patrimonio Nacional, Llanos Castellanos, ha asegurado que Raúl Zurita, en toda la trayectoria de su obra, “abraza y defiende lo humano y los principios y conquistas que hacen que una vida merezca ser vivida, desde Purgatorio hasta Tu vida rompiéndose, no rehuyendo o negando lo sangrante o lo doloroso”.

“Ha querido la providencia que este año se entregue este premio en el Día Internacional de la Violencia contra la Mujer. Toda violencia ataca a la esencia del ser humano y las condiciones que hacen que la vida merezca ser vivida. Pero, además, ha coincidido que, en este año doliente de pandemia, el premio recaiga en aquel que exige y se compromete con lo humano. Aquel al que solo le bastaba el mismo cielo o el desierto de Atacama para escribirnos ni pena, ni miedo”.

Por su parte, el rector de la Universidad de Salamanca, Ricardo Rivero, ha resaltado el simbolismo de este acto, que ensalza la fuerza de la palabra en una edición que, más que nunca, abre las puertas del Palacio Real de Madrid a la poesía y “evoca sentimientos necesarios en un año de confinamientos y otros encierros perimetrales y temporales”.

“Nuestra Alma mater ama la poesía victoriosa frente a la opresión”, ha afirmado Rivero, quien ha recordado la prisión y torturas provocadas por la envidia, la intolerancia y la debilidad espiritual sufridas por algunos célebres poetas del Estudio salmantino como San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de León o Miguel Unamuno, así como por algunos de los escritores reconocidos con el Premio Reina Sofía, como el venezolano Rafael Cadenas o el propio Zurita, quien padeció “los abusos de la tiranía chilena en la sentina de un barco”.

Aforo reducido por el Covid-19

El acto de entrega de este XXIX Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana se ha desarrollado de acuerdo con todas las medidas sanitarias vigentes de carácter estatal y autonómico, respetando la limitación de aforos, la distancia mínima entre personas y el uso obligatorio de mascarillas y de gel hidroalcohólico.

El objetivo de este premio, considerado el más importante reconocimiento de poesía en español y portugués, es reconocer el conjunto de la obra de un autor vivo que por su valor literario constituye una aportación relevante al patrimonio cultural común de Iberoamérica y España.

El galardón conlleva una dotación económica de 42.100 euros, así como la edición de un poemario antológico del premiado, con el estudio y notas a cargo de un destacado profesor de literatura de la Universidad de Salamanca, además de unas jornadas académicas sobre el poeta.

Votación telemática del jurado

El jurado de esta edición falló el premio el pasado 8 de septiembre tras la primera votación telemática en la historia de este galardón, por las circunstancias sanitarias del COVID-19.

Copresidido por la presidenta de Patrimonio Nacional, Llanos Castellanos, y por el rector de la Universidad de Salamanca, Ricardo Rivero, en el Jurado han participado Juan Manuel Bonet Planes, Noni Benegas, Pilar Martín-Laborda y Bergasa, Juan Van-Halen Acedo, Luis María Ansón Oliart, Berna González Harbour, Luis García Montero, Antonio Colinas, Jacobo Sanz Hermida, Manuel Ambrosio Sánchez Sánchez, Joan Margarit i Consarnau, Selena Millares, Luis Alberto de Cuenca y Prado, Ana Santos Aramburo, Anunciada Fernández de Cordova, Carmen Millán Benavides, José Manuel Mendes, Marco Lucchesi y Jorge Luis Volpi Escalante.

Biografía de Raúl Zurita

Raúl Zurita (Santiago, Chile, 1950; 70 años) forma parte de la neovanguardia chilena, corriente de una profunda experimentación que en el país andino se ligó a la subversión contra la dictadura militar en la década de 1970. En este marco, el autor inicia su obra paralelamente a su participación en el grupo CADA (Colectivo de Acciones de Arte) junto con Diamela Eltit, Lotty Rosenfeld o Fernando Castillo.

Zurita desarrolla entonces un cuestionamiento extremado del lenguaje con el fin de liberar al texto de todo contenido ideológico previo, de la comodidad de la convención, y poder acercarse así a la expresión del dolor, en sí mismo irrepresentable. Asimismo, la alegoría política se universaliza en la obra del chileno a través del canto a los desiertos, las cordilleras y las playas de Chile como testigos de un camino en busca de la redención. Esta versificación telúrica busca contrarrestar en su pureza a la extensión vacía del horror.

Experiencia límite de un país en ruinas que configura todo el itinerario poético de Zurita y que se basa, para ello, en el tono mítico y en las grandes estructuras de la Divina Comedia, La Biblia o el Popol Vuh maya.

Si sus comienzos literarios estuvieron vinculados con el uso de otros soportes más allá del libro, como ejemplificó la escritura del poema “La vida nueva” en el cielo de Nueva York (1982), la evolución de su poética afianza la dimensión interdisciplinar, no solo por la gran incorporación de fórmulas científicas, sino por la interconexión de la imagen, lo performativo, la evocación musical o incluso la intervención en el propio cuerpo.

Purgatorio de 1919, Anteparaíso de 1982, Canto a su amor desaparecido de 1985, El amor de Chile de 1987, La vida nueva de 1994, Canto de los ríos que se aman de 1997, Poemas militantes de 2000, INRI de 2003, Mi mejilla es el cielo estrellado de 2004, Los países muertos de 2006, Poemas de amor de 2007, In memoriam de 2008, Cuadernos de guerra de 2009, Sueños para Kurosawa de 2011, Zurita de 2011, Tu vida rompiéndose (Antología personal) de 2015, Verás, de 2017 y La vida nueva, versión final, de 2018.

Cuenta además con obras en prosa como Literatura, lenguaje y sociedad (1983), El día más blanco (1999) o Los poemas muertos, ensayos (2006). Ha recibido los siguientes reconocimientos: la Beca Guggenheim en 1984, el Premio Pablo Neruda en 1988, el Premio Pericles de Oro en 1994, el Premio Municipal de Santiago en 1995, el Premio Nacional de Literatura de Chile en 2000, el Premio José Lezama Lima en 2006, el Premio de la Crítica de Chile en 2012. En 2015 ha sido nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alicante y por la Universidad Federico Santa María. En el año 2016 recibe el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda.

Poetas galardonados desde 1992

Los poetas galardonados desde 1992 hasta la actualidad han sido los siguientes: Gonzalo Rojas (Chile), Claudio Rodríguez (España), Joâo Cabral de Melo Neto (Brasil), José Hierro (España), Ángel González (España), Álvaro Mutis (Colombia), José Ángel Valente (España), Mario Benedetti (Uruguay), Pere Gimferrer (España), Nicanor Parra (Chile), José Antonio Muñoz Rojas (España), Sophia de Mello Breyner (Portugal), José Manuel Caballero Bonald (España), Juan Gelman (Argentina), Antonio Gamoneda (España), Blanca Varela (Perú), Pablo García Baena (España), José Emilio Pacheco (México), Francisco Brines (España), Fina García Marruz (Cuba), Ernesto Cardenal (Nicaragua), Nuno Júdice (Portugal), María Victoria Atencia (España), Ida Vitale (Uruguay), Antonio Colinas (España), Claribel Alegría (Nicaragua), Rafael Cadenas (Venezuela) y Joan Margarit (España).



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GANADOR DEL VII CONCURSO DE RELATOS MARBELLA ACTIVA (España)

 Despensa de Anguilas de Ana Eugenia Venegas. Relato ganador de la VII edición del prestigioso certamen de Marbella Activa

El relato de la autora Ana Eugenia Venegas cuyo título es ‘Despensa de Anguilas’ se convirtió en la obra ganadora de la VII edición del Concurso de Relatos Marbella Activa con la unanimidad de los miembros del jurado. Sin saber, debido a las circunstancias, cuándo podremos hacer entrega oficial de los premios queremos compartir con vosotros el relato ganador. Adjuntamos el relato junto con la portada del libro recopilatorio que estamos editando y cuya ilustración, realizada por la diseñadora Marta Lima, se inspira en dicho relato.
Despensa de Anguilas
Hay un hombre tirado en la orilla. Las olas mojan sus zapatos. Está muerto sin duda. La noche es oscura. Ya era oscura. Está ahí, inerte, el hombre, y lo he matado yo.

Las piernas no me responden, los bastones de caminar están clavados en la arena, son el armazón de hierro de mi estructura. El hombre sigue muerto. Me temo que el hecho es irremediable. Miro hacia la senda litoral, donde están las farolas, su luz no llega hasta aquí. El camping abandonado ya no me parece fantasmagórico. El horror está concentrado en el hombre muerto y el hilo que estableció conmigo. También en la química del miedo que segregué y en la posibilidad creada porque yo tenía un arma, dos.
Camino hacia atrás, huyendo del muerto y huyendo de mi con el muerto. Lenta como un perezoso consigo poner en funcionamiento los músculos de mi cuerpo. Mis zapatos aplastan los granos que gritan lo que pueden. Salgo de la arena y miro desde la baranda de madera. Dos eucaliptos me dan cobijo. Desde allí miro la orilla. Casi no veo el bulto. Si pasase alguien dudo mucho de que se diera cuenta de que hay un muerto, un muerto que he matado yo.
Decido caminar, el deporte lo cura todo, caminas y piensas, y tu cuerpo se pone a lo suyo y deja de ser tu enemigo. Pie izquierdo bastón derecho, sin que el bastón me adelante, sin que me adelante, pie derecho bastón izquierdo, las piernas se estiran, la rodilla izquierda vuelve a dolerme, no mucho, lo de siempre. Camino y camino y las mimosas me hacen sentir un aprecio por lo bello que me inquieta pues no sé si este es el momento apropiado para lo bello. Hay un muerto, pero también hay mimosas, aunque no estén luciendo su color amarillo en toda su luz porque es de noche. Pero sé que son espléndidamente amarillas porque todos los días hago este tramo de la senda que me lleva a la Torre del Cable. Y sé que son amarillas y sé que son muchas, y sé que impresionan con su bruma algodonosa que afecta a la digestión del paisaje.
A la altura del antiguo Funny Beach, decido dar la vuelta. Me vuelvo. La idea de acercarme al lugar del miedo ralentiza mis piernas. Las siento lastradas por una bola negra de hierro, una bola como la de los presos con pijamas a rayas de los comics de mi infancia. La infancia, ya no está. Lo que hay es un hombre muerto, lo he matado yo. Me pregunto, como el fiscal de mi propio caso, como la parte acusadora, si yo hubiera podido evitar lo ocurrido esta noche. Quizás cuando me lo encontré en la pasarela sobre la autovía. Ya me inquietó. Me miró como si yo fuese comestible. El “hola, buenas noches” que me hubiera humanizado se me quedó atorado por el miedo entre la glotis y el esternón. Me reduje con magia de jíbaro cuando pasé junto a él y aceleré el paso para huir. Demostré ser un animal-presa. O quizás, sí, mejor, esto no hubiera ocurrido si al llegar de mi trabajo me hubiera puesto a cocinar el almuerzo de mañana en vez de salir a hacer ejercicio de noche. Ha sido culpa mía.

Con paso mucho menos firme que en sentido contrario transito el kilómetro escaso que me separa del lugar, el lugar donde hay un hombre muerto que he matado yo. El paseo está solitario de noche, solo me adelanta un corredor, es un habitual que prepara la Media Maratón. Va concentrado y lleva sus auriculares puestos, apenas me mira, aunque me hace un gesto con la cabeza, la ladea ligeramente. Yo fuerzo la sonrisa con la que le respondo siempre. Está muy delgado, su cara es aguda, sus pasos son largos, altos y fáciles, su estado natural es fugaz. No lo detengo ni le cuento ni le pido ayuda, sigo trastornada, como si no fuese yo.
Huelo la estela del corredor y me concentro, pie izquierdo bastón derecho, barriga dentro, espalda recta, cabeza erguida, como si un hilo de acero cimentado en ella tirara hacia arriba. Respiro, el aire entra un poco a trompicones. Me esfuerzo porque sea fluido. Entra y sale, despacio. Empieza a regularse según las exigencias de mi paso. Ya no veo al corredor, pero cada vez estoy más cerca del lugar.
Paro entre los dos eucaliptos, de nuevo protegida. El hombre sigue ahí, muerto, tirado en la arena, pero como disminuido. Las olas llegan a su abdomen, la barriga cervecera que empieza a ser isla por inundación me obsesiona. Con ella me acorraló contra la madera. Recuerdo su olor a heces resecas. Vomito. Vomito con cuidado para no manchar la madera. Arrojo por encima de la barandilla, buscando la arena. El corredor está de regreso. Se para y se preocupa por mi estado. No mira ni una sola vez hacia el hombre muerto, el que he matado yo. Le cuento una milonga. Me he puesto a hacer deporte con el estómago lleno, una imprudencia, otra. Se va. Lo que no se ve no existe.

Me acerco acartonada a la fuente de los perritos. Consigo beber un poco y limpiarme. Esa barriga me obsesiona y la miro “hipnoaterrada”. Ojalá desapareciera la barriga. Ojalá desapareciera el hombre muerto. Ojalá estuviese dormida y me despertase. Me siento en la arena delante de las casetas de los aseos, resguardada de las miradas de los que no pasean a estas horas. Rezo, rezo asustada, desesperada, culpable, esperanzada. Si sigue subiendo la marea puede que desaparezca, que desaparezca el hombre muerto, el hombre que he matado yo. Lo que no se ve no existe. Ojalá.
Me toco la frente, torturada. Me podría haber escondido entre las mimosas, haber saltado la barandilla del paseo y haberme escondido dentro de las plantas, o quizás bajo la misma tarima de madera. Podría haber gritado. No sé si alguien me hubiera oído. Tal vez grité, o lloré, no sé, lo que recuerdo es que lo empujé, me lo quité de encima, aunque me cogió por la sudadera y consiguió arrancármela de un movimiento. Lo dejé allí con mi sudadera y mi espanto en su mano. Corrí hacia los eucaliptos. Sé que hay tres formas de enfrentarse a los peligros que nos viene de nuestro cerebro más animal, hacerse el muerto, huir a toda velocidad y enfrentar la pelea con fiereza adrenalínica. Yo he utilizado dos de estas formas, he huido y me he enfrentado y ninguna ha sido premeditada. El horror me ha dirigido.

Estoy sentada en la arena. Las piernas estiradas. Los bastones a los lados. Miro las puntas. No aprecio rastro de sangre, ni de humor vitreo, ni de masa encefálica. La arena sirve para limpiar. Cuando era pequeña íbamos a pasar el día al río y limpiábamos los utensilios del almuerzo con arena y agua. Un primer lavado que al llegar a casa se completaba con estropajo y lavavajillas. Lejía. Con lejía voy a limpiarlos si alguna vez llego a casa con ellos. Por si acaso, los hundo en la arena y los restriego para desposeerlos del horror, de glóbulos rojos y de carne.
Cada vez hay más silencio. Ya nadie pasea ni corre por la senda litoral. Me levanto. Tengo el culo helado. Sin perder de vista al bulto salgo de la arena y me siento en un banco junto a los eucaliptos. Los perros del camping no me ladran. Soy como de la familia. Tirito, ¿dónde habrá ido a parar mi sudadera?, me levanto y camino unos cincuenta metros, hasta el acceso a la playa donde recibí la segunda acometida del hombre muerto, del hombre que he matado yo. Está sobre las adelfas. La sudadera está sobre las adelfas.
Me reconforta el grueso algodón y me pongo la capucha. Por un momento dudo. Quiero irme a casa, darme una ducha caliente, dormirme y despertar con un sol tan amnésico como yo. En vez de eso, me recuerdo corriendo con la gasolina del pánico. Tengo que salir de la luz, esconderme en la oscuridad. Corro, me meto en la arena. Huyo hacia mi sitio seguro, mi refugio a orilla del mar. No me puede ver. No grito, si gritase el primero que me oiría sería él. Prefiero morir a que me toque, pero yo no quiero morirme… Me recompongo. Meto las dos manos en el bolsillo canguro de la sudadera, me reconforta. Más abrigada regreso al lugar y los bastones unidos a mí por la cinta de las muñecas se arrastran. Saltan de tabla en tabla por la senda litoral en un ruido casi ferroviario.
De nuevo hacia el horror. Fijo mi mirada en el sitio donde está el hombre muerto, el hombre que he matado yo. Me aproximo y espero que su cuerpo se me haga visible según me acerque. Cada vez veo peor, esta miopía es una herencia analgésica. Lo que no se ve no existe. Ojalá. Pero ocurrió. Lo tengo tallado en las paredes de mi espanto. Estaba en la orilla. Había llegado a la orilla como empujada por un motor de ocho cilindros alojado en los dorsales. Creí que a salvo. Pero no, no estaba a salvo. Sus zapatos aplastaron los granos de arena que gritaron lo que pudieron. Alerta. Músculos duros como hielo. Me volví. Con la fuerza de la velocidad que traía él y la fuerza del instinto que traía yo, clavé en su estómago el bastón izquierdo y en su ojo izquierdo el bastón derecho. Cuando se produce una colisión entre dos trenes el destrozo es tremendo y el momento de resistencia en el que se rompe la piel, la grasa, los músculos y otros órganos es casi imperceptible, es un instante que anticipa la penetración en el cuerpo, luego, fluidez. Como cuando cortas un bizcocho, la corteza está resistente, luego, te adentras en la espuma.
El hombre no está, no está el muerto, o no está muerto. Fantaseo con la posibilidad de una pesadilla nocturna. Bajo a la arena, despacio como un gato en plena estrategia de caza. Me acerco a la orilla. No, el hombre no está. La pleamar se lo ha llevado, pero sigue estando en mi área de influencia. Ahora flota. Se mece golpeado suavemente por las olas, como en un entierro vikingo.

Salta el Levante. Viene con fuerza. Despierta mi cara y la limpia. Me enreda el pelo, aún más. Frescachón. El mar levanta olas de espuma. La barriga navega hacia el oeste. Ojalá contacte con la corriente que pasa por el Estrecho de Gibraltar y que es billete directo hacia el Mar de los Sargazos. Todos los años miles de anguilas suben a ese transporte que las lleva de luna de miel hasta ese lugar de desove. Este hombre muerto podría hacer el viaje con ellas, podría ser la despensa para ellas. Ojalá.
Ya no lo veo, ya no está el bulto, no está. Por fin me voy a casa. Las cintas de los bastones de caminar siguen en mis muñecas. Me unen a ese armazón de hierro que ha formado parte de mi estructura esta noche. Camino de vuelta por la arena, por la senda litoral, por el acceso a la senda litoral, hacia arriba. El hombre que vive bajo las tablas ha vuelto. No lo sabía. La Cruz Roja lo llevó a un refugio durante las lluvias y los fríos. Lo conozco, siempre lo saludo. Él solo me contesta cuando es capaz de fijar su vista en mí. Es temprano. Tiene la calma del que ha pasado la euforia feliz de la heroína, la calma antes del dolor y los temblores.
—Buenos días —le digo con temor. Y me sorprendo porque me mira, porque me mira y porque me habla y porque le oigo decir con el eco de los grandes profetas:

—Lo que no se ve no existe.





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Ana E.Venegas


GANADOR DEL XLVI CONCURSO DE CUENTOS "PUENTE ZUAZO" 2020 (España)

 Gloria Fernández Sánchez gana el concurso de cuentos Puente Zuazo de la Academia San Romualdo

El jurado premio por unanimidad el trabajo 'La llave de Babilonia' 

Reunión del jurado del concurso de cuentos Puente Zuazo. / D.C. (San Fernando)

La madrileña Gloria Fernández Sánchez ha resultado ganadora del XLVI Concurso Internacional de Cuentos 'Puente Zuazo' que convoca cada año la Real Academia de San Romualdo y cuyo fallo -que llega algo más tarde de lo habitual a causa del Covid- se ha dado a conocer hoy. 

El trabajo premiado con la unanimidad del jurado lleva por nombre La llave de Babilonia, detalle que fue conocido una vez abierta la plica presentada bajo el lema Sub Umbra. 

El jurado ha estado formado por Ana Mayi, editora; Andrés Luis Cañada Machado, periodista y académico de número de la Real de San Dionisio de Artes y Letras de Jerez; y María Elena Martínez Rodríguez de Lema, doctora en Filología Clásica y vocal de Letras de la propia Academia. 

Al concurso convocado por la Academia de San Romualdo se presentaron trabajos de diecinueve provincias españolas, siendo Madrid, Cádiz y Ciudad Real las ciudades que mayor número registraron. También concurrieron trabajos de Alemania y Suecia traspasando las fronteras de España.


 

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