sábado, 4 de septiembre de 2021

GANADOR DEL 24º PREMIO DE POESÍA CIUDAD DE LAS PALMAS DE GRAN CANARIA 2021

 Luciano Feria recogió el XV Premio de Narrativa Española Dulce Chacón por 'El lugar de la cita'

El acto de entrega ha tenido lugar hoy sábado en el patio del Parador de Turismo tras un encuentro con lectores



El escritor zafrense Luciano Feria Hurtado recogió el XV Premio de Narrativa Española Dulce Chacón por su obra 'El lugar de la cita', hoy sábado 26 de junio, en un acto organizado en el patio del Parador de Turismo con aforo reducido. El premio corresponde a la edición del 2020, que no pudo ser entregado entonces por la situación sanitaria derivada de la pandemia.

El galardonado reconoció que éste era un momento muy especial, «el haber logrado este premio supone una felicidad enorme, pero sobre todo porque es un premio que está relacionado con la memoria de Dulce Chacón, de la que fui íntimo amigo y que de alguna manera ha estado guiándome», indicó el autor. E hizo un repaso por su vida, en la que todo le ha conducido a la literatura, a la poesía, a través de las que ha plasmado sus inquietudes y sentimientos.


Precisamente en su relación de amistad con Dulce Chacón centró Luciano Feria su intervención, así como en la estrecha relación que tiene con este premio, del que fue secretario y uno de sus promotores.

La primera en intervenir fue Inma Chacón, que recordó la figura de su hermana, Dulce Chacón, y agradeció el mantenimiento de este premio que liga el nombre de su hermana a grandes nombres de la literatura española. También se mostró emocionada por el hecho de que fuera Luciano Feria, gran amigo de Dulce, quien lo recogiera en esta ocasión.

Tras ella el alcalde de Zafra, José Carlos Contreras ha incidido en el apoyo y apuesta que ha hecho el Ayuntamiento de Zafra con este certamen literario. Por ello manifestó su triple satisfacción por la continuidad del premio literario, por recaer en una persona como el poeta, escritor y profesor Luciano Feria y por ser la entrega de este galardón el comienzo en la recuperación de actividades culturales presenciales.

A nivel institucional también participaron Virginia Borrallo Rubio, vicepresidenta segunda de Diputación de Badajoz; y Miriam García Cabezas, secretaria general de Cultura de la Junta de Extremadura, que destacaron la importancia de este premio y de la cultura para el desarrollo de los pueblos.

La presentación del ganador y su obra corrió a cargo del presidente del jurado, el crítico literario Juan Ángel Juristo.


Tras las intervenciones, Luciano Feria recogía de manos del alcalde de Zafra el XV Premio de Narrativa Española Dulce Chacón, dotado con 9.000 euros y la escultura 'El Abrazo'.

El acto fue conducido por la periodista María Pachón y contó con la actuación musical de Galimatías Duo.

Previo a la celebración del acto de entrega, Luciano Feria mantuvo un encuentro con sus lectores, también en el Parador.

Este premio de narrativa Dulce Chacón cuenta con la cofinanciación de la Consejería de Cultura, Turismo y Deportes de la Junta de Extremadura y la Diputación de Badajoz.

Obras ganadoras

Desde 2004, las novelas ganadoras han sido: 'El comprador de aniversarios', de Adolfo García Ortega (2004); 'Invasor', de Fernando Marías (2005); 'Enterrar a los muertos', de Ignacio Martínez de Pisón (2006); 'Los peces de la amargura', de Fernando Aramburu (2007); 'Crematorio', de Rafael Chirbes (2008); 'Pacífico', José Antonio Garriga Vela (2009); 'Deseo de ser punk', de Belén Gopegui (2010); 'Venían a buscarlo a él', de Berta Vias Mahou (2011); 'Conversación', de Gonzalo Hidalgo Bayal (2013); 'El balcón en invierno', de Luis Landero (2015); 'La habitación de Nona', de Cristina Fernández Cubas (2016); 'Patria', de Fernando Aramburu (2017), 'Berta Isla', de Javier Marías (2018); 'Sur', de Antonio Soler (2019); y 'El lugar de la cita', de Luciano Feria (2020).


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GANADOR DEL PREMIO NACIONAL AL FOMENTO DE LA LECTURA

 La revista ‘Litoral’ gana el Premio Nacional al Fomento de la Lectura

  • La señera publicación que fundaron en Málaga Emilio Prados y Manuel Altolaguirre comparte el galardón con el proyecto ‘Los libros a las fábricas’


Resultaría difícil, por no decir imposible, explicar la historia de la literatura española del último siglo sin reparar en el protagonismo de la revista Litoral, que fundaron en 1926 en Málaga Emilio Prados y Manuel Altolaguirre. Sin aquella plataforma común, la historia habría reservado a la Generación del 27 (en el caso de que hubiera llegado a ser bautizada como tal) una presencia más diluida, al cabo, accidental, con lo que el reconocimiento de una literatura de vanguardia en España en paralelo a otros países europeos entrañaría un reto demasiado complejo. Cabe recordar que ya en el primer número, publicado en otoño del aquel año, colaboraron Federico García Lorca, Jorge Guillén, José Bergamín y Gerardo Diego, con lo que ya quedó conformada en sus páginas una antesala directa de la misma Generación del 27. Con la Guerra Civil y el exilio al que se vieron abocados Prados y Altolaguirre, Litoral durmió un prolongado sueño hasta su resurrección en 1968, si bien fue a partir de 1975, con la llegada a la dirección del poeta y pintor Lorenzo Saval (sobrino nieto de Emilio Prados, nacido en Santiago de Chile en 1954) junto con José María Amado, cuando la publicación recobró su apogeo. Su proyección, desde entonces, ha sido constante: bajo el timón firme de Lorenzo Saval, Litoral figura entre las revistas literarias emblemáticas en lengua española, con una nómina de colaboradores y una edición artística y visual sin mucho parangón en España y con reconocimientos en su haber como el Premio José Vasconcelos, las Medallas de Oro de Málaga y de Andalucía y la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes del Ministerio de Cultura. A ellos se une ahora el que tal vez sea el galardón más importante de su trayectoria: el Premio Nacional al Fomento de la Lectura, concedido este jueves por el Ministerio de Cultura y compartido con el proyecto Los libros a las fábricas de la Fundación Anastasio de Gracia.


Litoral se dispone a celebrar su centenario dentro de un lustro, pero el jurado ha decidido no esperar y concederle ya este premio por su trayectoria, por contar con un “cuidado diseño y la publicación de monográficos, antologías y números temáticos”, que hacen de esta cabecera “una de las de mayor prestigio dentro de los movimientos literarios y artísticos del mundo hispánico”. Además, según la valoración del jurado, divulgada este jueves por el Ministerio de Cultura, la publicación “mantiene el espíritu de las vanguardias y apuesta en cada número por los nuevos creadores, artistas y poetas, y por el diseño y la ilustración de calidad”. El Premio Nacional al Fomento de la Lectura se concede como “recompensa y reconocimiento” a una trayectoria profesional o con el fin de destacar aportaciones “sobresalientes y continuadas” orientadas a favorecer el hábito de la lectura a personas físicas o jurídicas que hayan destacado en el “desempeño del fomento del hábito lector y en la difusión de la lectura como una actividad cultural, positiva, útil y placentera”. El jurado de esta edición ha estado presidido por María José Gálvez Salvador, directora general del Libro y Fomento de la Lectura, y ha actuado como vicepresidenta Begoña Cerro Prada, subdirectora general de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas.

Del mismo modo, el jurado ha propuesto para el premio a la Fundación Anastasio de Gracia por su iniciativa Los libros a las fábricas, un proyecto “transversal, globalizador y con un sentido social, que se dirige a sectores de la población tradicionalmente poco atendidos en el ámbito del fomento de la lectura”. Más de 7.000 trabajadores han participado desde su creación en este proyecto, que promociona el hábito de la lectura en el mundo laboral y favorece que los trabajadores “establezcan proyectos personales de lectura”. Los libros a las fábricas nació en 2014 a partir de un programa piloto desarrollado por la Fundación Anastasio de Gracia en el sector del automóvil, que se denominó Autores y autos. ¡¡Arráncate a leer!, dirigido a los trabajadores de la automoción.


‘Bares & Cafés’, un microcosmos para la inspiración

El Premio Nacional al Fomento de la Lectura llega a la revista Litoral sólo unas semanas después de la publicación de su último número, Bares & Cafés, en el que una nueva selección de poemas, textos y obras de arte, con la hermosa edición de costumbre (y con una portada diseñada por Lorenzo Saval en la que el artista se lleva a su propio terreno nada menos que a Charles Baudelaire), da buena cuenta del modo en que estos enclaves han servido y sirven de inspiración a la creación plástica, visual y literaria. “Los bares y cafés son templos donde los hombres pueden orar a su manera, aprender o curarse de los males del mundo, unos templos sin columnas que se sostienen sólo por el líquido de sus botellas, por voces y ensoñaciones donde la realidad tiene a veces una arquitectura mucho más verdadera que la que nos sujeta por dentro”, escribe Saval en el prólogo.



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GANADOR DEL V PREMIO DE ESCRITURA BREVE DE DIARIO DE MADRID

 Relato ganador del V Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid 2021


Bicicatrices

Héctor Vera Calderón


Bicicatrices, de Héctor Vera Calderón, de Lima (Perú), ha resultado vencedor del V Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid 2021.

Al mísmo han concurrido 180 trabajos que han sido enjuiciados por un jurado compuesto por 34 miembros, de México, Italia y España, a los que se agradece su labor. Sin ellos, este certamen no hubiera sido posible. A todos los participantes, de América y España, muchas gracias por su esfuerzo y contribución y una efusiva enhorabuena al triunfador. 

El correspondiente trofeo, una obra gráfica del reconocido pintor Antonio Lago Rivera, le será remitido en breve al ganador.

Hoy volví a pasar por el parque Matamula. Algo que no puedo explicar me empujó hacia allá, y una presencia potente formulaba en mi cabeza aquella pregunta, con voz inconfundible: —Torec, ¿una carrera alrededor de la pileta? ¿Ah? ¿Una carrera? Contesté mentalmente que sí, mientras sonreía, pero que esta vez cada uno montaría su propia bicicleta. Sonreí, es verdad… pero con tristeza. Mi añorado parque lucía fantasmal a esa hora de la mañana, entre verjas de hierro y privado de vida, probablemente por estar fuera de su horario de apertura al público. Cuando éramos chicos, el Matamula no estaba enrejado y se podía jugar allí a cualquier hora. Lo observé con melancolía desde el asiento de mi bicla. Hace un mes, y debido a problemas musculares en las extremidades inferiores —y también por estar sucumbiendo cada vez más a un alarmante sedentarismo—, un amigo doctor me aconsejó montar bicicleta aprovechando mis vacaciones en Lima. Para tal propósito me puse algo nostálgico y compré una bici azul de freno contrapedal, clásica y sin cambios ni mucho artilugio, como la que tuve de niño. La inactividad pedalística me pasó factura durante la primera semana, pues al descender de la cleta sentía una incomodidad inguinal exasperante que se hacía evidente en mi forma de andar: la de un vaquero pendenciero salido de algún western gringo, con las piernas muy abiertas. Pero a las dos semanas, los dolores —tanto de las piernas como de la región perineal— se desvanecieron, por lo que comencé a disfrutar mis paseos. Estando alojado en un hotelito de Pueblo Libre, mi circuito ciclístico comprendía la zona de la Plaza de La Bandera, quizás algunas calles aledañas y nada más. Mis incursiones por la metrópoli eran limitadas y cautas ya que el tráfico era imposible y los autos habían proliferado de una manera exponencial y peligrosa. Lima no era la que yo recordaba, y el instinto asesino de los micros y taxis era algo nuevo para mí. Pero hoy muy temprano —alentado no sé todavía por qué impulso —decidí alargar mis garbeos y muy resuelto me dirigí por la Avenida Brasil, y después de recorrer San Felipe, doblé hacia la Avenida Salaverry para pasar exactamente por la puerta principal del parque. Conforme me acercaba al Matamula, recordé las veces que mi padre nos llevó a mis hermanas y a mí a patinar y andar en bicicleta alrededor de los tres colosales caballos de bronce que se desbocaban irascibles en el medio de la enorme pileta central. Amarillentos almanaques y fotografías en blanco y negro atropellaron todos a una mi memoria. Tuve ganas de ingresar a mi viejo parque, escenario de pueriles juegos y traviesas aventuras, cómplice de las primeras borracheras nocturnas, mudo testigo de inexpertos besos púberes, y árbitro en una que otra pelea clandestina. Eso pensaba, cuando en ese instante sentí que algo tocó mi hombro, y giré la cabeza. Tonterías, deduje. Quizás fue alguna flor caída desde la rama de un árbol, bajos los cuales yo seguía pedaleando, en la ciclovía. Ya frente a la reja principal del parque, observé algo curioso: un niño flaco y espigado rodeaba la pileta central sobre su bicicleta roja, dando vueltas y vueltas. Imaginé que sería el hijo de alguno de los guardianes o trabajadores del parque, y sentí envidia porque me hubiera gustado a mí también ingresar y pedalear ahí dentro. A los pocos segundos, me pareció distinguir una bicicleta, también de color rojo, que pasaba a mi lado. Parpadeé y no hallé nada, pero volví a sentir ese toque en mi hombro y sonó la pregunta: “Torec, ¿una carrera alrededor de la pileta? ¿Ah? ¿Una carrera?”. Mientras contestaba afirmativamente en mi cabeza, me estremecí, pues en ese mismo instante se me presentó vívidamente aquella ocasión en la cual Jorge Luis y yo intercambiamos bicicletas en el Matamula y el plan acabó convertido en un desastre mayúsculo. Sonreí con dulzura al recordar a Jorge Luis. El gran y querido Jorge. Jorge Luis fue mi primer amiguito, el primer niño con el que jugué y con el que desarrollé una amistad increíble. Nunca tuvimos un altercado. Jamás una pelea, mucho menos un insulto entre nosotros. Cuando yo nací, Jorge tenía dos años de edad y ya vivía en el tercer piso del edificio. Compartimos ese pasillo por veinte años, hasta que circunstancias de la vida (más precisamente el terrorismo y la inflación) obligaron a mi familia a buscar suerte en el extranjero, y me vi forzado a abandonar mi barrio. Poco antes de mi partida a Venezuela, al amparo de la noche, con la ayuda de un destornillador arranqué la placa con la numeración del edificio y la hice firmar al reverso por todos mis amigos del barrio. Demás está decir que Jorge Luis fue el primero al que le solicité firmar algo que yo consideraba era mío por derecho de antigüedad, aunque valgan verdades, si a alguien le correspondía quedarse con ese letrero era a Jorge y no a mí. Simplemente yo me fui primero del edificio y por eso me adjudiqué esa licencia. Como muestra de reconocimiento, la firma de Jorge está en el centro (en el lugar de honor) de la placa que todavía conservo entre mis tesoros más preciados, y alrededor de su nombre figura el resto de camaradas y amigas.

Respecto a retratos y fotos junto a él, hay poco o nada que decir. A pesar de que la nostalgia haga trampas y me quiera hacer creer que por ahí, enrevesadas en los nebulosos caprichos del tiempo y el desorden, puedan existir instantáneas nuestras de cuando niños en alguna fiestita infantil, la verdad es que sólo poseo una fotografía con Jorge, tomada la semana antes de irme a tierras caribeñas, foto en la cual aparecemos abrazados en la puerta de nuestro edificio. La tengo guardada en mi álbum. Jorge Luis siempre me defendió en el barrio. Creo que de alguna manera me adoptó como su hermano menor, ya que él era hijo único. Si algún bravucón de algún vecindario aledaño llegaba a la cuadra intentando buscarme pleito, Jorge lo corría sin demora. Se había desarrollado bastante en su pubertad y el estirón que pegó nos dejó a todos cortos. Las bromas y apodos no se hicieron esperar entre la muchachada, e incluso a mí se me escapó un día compararlo con el Profesor Jirafales de la televisión. La mirada de sorpresa y decepción que me dirigió bastó para que me sintiera un vil gusano y le pidiera disculpas por mi falta de respeto. Así era mi relación con Jorge: definitivamente un hermano mayor, al que le debía miramiento y absoluta consideración. En las vacaciones escolares de enero, partíamos a la playa una docena de palomillas en bicicleta por toda la Salaverry, hasta la bajada de Marbella. Después de jugar fulbito tres horas regresábamos en bici también, muertos de cansancio y acalambrados pero felices, al borde del colapso por la subida empinada y a través de las cincuenta y tantas cuadras que separaban a nuestro edificio de la canchita al borde del mar. Jorge Luis solía ir y volver en bicicleta también, o al menos eso creíamos. En una oportunidad descubrieron que bajaba su bicicleta de un taxi unos doscientos metros antes de llegar a la cuadra y surgía por la esquina pedaleando como si hubiera hecho todo el trayecto de regreso en su bicicleta. Y fue esa bicicleta la que intercambié con Jorge Luis esa vez en el Matamula. La de Jorge era marca Monark, color rojo, con los frenos a ambos extremos del manubrio, de esas palanquitas que se apretaban con las manos y que mediante un sistema de cables presionaban a su vez las llantas y las hacían detenerse. Mi bicicleta era una Velox, azul, de freno contrapedal que me permitía el aspaviento de quemar llantas en simultáneo al frenado y girar la rueda trasera, levantando polvo para darle más dramatismo y espectacularidad a la maniobra. Ese día fuimos al parque, y no sé en qué aciago momento, a insistencia de Jorge, se nos ocurrió trocar vehículos y realizar una carrera de veinte vueltas alrededor de los caballos de la pileta, pero en rumbos opuestos. Así, Jorge Luis comenzaría a rodear la pileta en el sentido de las agujas del reloj en tanto que yo lo haría en dirección contraria. El que perdía compraba las gaseosas. Todo comenzó muy bien, tomándonos la apuesta a la chacota. Cuando nos cruzábamos en algún punto del periplo, hacíamos muecas burlonas y todo tipo de mohínes grotescos y pachotadas, y también aprovechábamos para anunciar la cantidad de vueltas transcurridas. Pero conforme fue progresando la carrera, advertí que el punto en el que nos encontrábamos favorecía cada vez más a una ventaja de Jorge Luis, y yo me retrasaba paulatinamente. Decidí hacer algo al respecto y entonces le puse más empeño a mis piernas y apliqué más concentración a mi cerebro, para recuperar un poco el terreno perdido. Jorge Luis se percató de mis intenciones y desde ese momento la carrera se convirtió en una furiosa competencia en la cual solo nos avisábamos las vueltas completadas al pasarnos por el lado. El resto del tiempo no podíamos vernos porque los enormes caballos de la pileta nos tapaban la visión del uno al otro. La velocidad fue aumentando de forma vertiginosa y esa sensación de volar sobre el cemento era deliciosa. A escasas cuatro vueltas para terminar la contienda, delante de mí se cruzó intempestivamente una pelota surgida de un sector de los jardines, y detrás de la pelota un niño de unos cinco años que la perseguía. El impacto fue brutal. No pude frenar porque el instinto y la costumbre me indicaron usar el contrapedal, recurso impracticable porque estaba montando la bicicleta de Jorge Luis y sus frenos estaban en el manubrio. Impulsé hacia atrás los pedales y mis piernas se quedaron dando vueltas interminables en retroceso mientras la bici se empotró contra el niño, a quien hizo volar como quince metros. Tal fue la fuerza del choque, que la llanta delantera se dobló toda, el manubrio se torció y zafó de su lugar y yo terminé también magullado, con feos raspones en los codos, la muñeca derecha dislocada y un golpe tremendo en la frente como consecuencia de aterrizar de cabeza en el duro pavimento. Ante los insultos estridentes de la nana del niño, y asustado por lo ocurrido, huí del lugar arrastrando conmigo la bicicleta de Jorge, ahora inservible. Tampoco quería que él llegara y viera su bici así. El pánico me invadió y me fui directo a la cuadra. En el camino pensaba la manera en que le explicaría a Jorge Luis lo que pasó y por qué su bicicleta se encontraba en tal estado. El niño no me inquietaba tanto porque cuando recogí la bicla y me aprestaba a fugar del parque lo escuché llorando, así que por lo menos muerto no estaba. Esperé a Jorge en la puerta del edificio, sin animarme a subir a mi casa a atenderme las heridas sino más preocupado por lo que iba a decirle. Media hora después apareció Jorge Luis por la esquina, con las rodillas sangrantes, rengo, y empujando a duras penas mi bicicleta. Al llegar a mi lado me contó que faltándole pocas vueltas, se le atravesó por delante una niña con su perro y que al intentar frenar, utilizó sus manos pero no encontró las palancas habituales (olvidó que llevaba mi bici contrapedal) y colisionó con la niña, ambos volaron despatarrados y toda mi bicicleta se abolló. Jorge también había decidido abandonar la escena del crimen inmediatamente, pero el dolor en sus rodillas no lo dejaba caminar muy bien y vino descansando en su retorno al barrio. Cuando le narré mi accidente, se sentó junto a mí y comenzó a reír. Soltamos carcajadas, desparramados y policontusos a la entrada del edificio, compartiendo detalles de nuestras respectivas odiseas, y revisando y comparando lesiones. Supimos que la marca en mi frente y las de sus rodillas no nos abandonarían nunca, y las bautizamos como nuestras “bicicatrices”, huellas que sellarían con sangre y piel nuestra amistad. Convinimos asimismo en que cada uno se haría cargo de las reparaciones de sus propias bicicletas.

Jorge Luis falleció hace veinte años, poco después de cumplir los treinta y uno. Cargué su féretro hasta llegar a nuestra cuadra junto con otros amigos y presencié emocionado cómo desde las ventanas de los edificios le llovían pétalos de flores a la vez que vecinos y vecinas lloraban su pérdida, invadidos por una extraña mezcla de dolor y rabia. No he vuelto a ver semejante homenaje póstumo a nadie conocido. Extraño a mi amigo. Y lo extraño porque ya abrieron las puertas del parque y hay dos niños abrazados, pactando tal vez un intercambio de bicicletas o una carrera alrededor de los briosos corceles de la pileta central de nuestro amado y eterno parque Matamula. Y lo extraño todavía más, ahora que regreso de mi ejercicio diario hacia el hotel, pues lo veo a mi lado, flaco y espigado, pedaleando en su bici roja, y escucho su voz mientras toca mi hombro, preguntándome persistentemente: —Torec, ¿una carrera alrededor de la pileta? ¿Ah? ¿Una carrera?

 


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GANADOR DEL XIII CERTAMEN INTERNACIONAL DE MICRORRELATOS DE SAN FERMÍN

SAN FERMÍN 2021

Este es el mejor microrrelato de San Fermín: Javier Casado vence con un inesperado final

La edición de este ya clásico certamen ha cumplido ya 13 ediciones y ha contado con la participación de 423 autores de 22 países distintos. 


Un relato de Javier Casado Mayayo ha sido el vencedor del certamen de Microrrelatos de San Fermín que por decimotercer año ha organizado Blogsanfermin.com. 

La lectura de los relatos ganadores se celebró este viernes en la sala de Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Pamplona, donde diferentes personas relacionadas con la fiesta fueron desgranando el fallo del jurado a través de los textos de los primeros clasificados. 

La participación en este ya clásico concurso que mezcla la literatura con la pasión de los Sanfermines ha ascendido en esta edición a los 423 autores, cada uno con su obra exclusiva para este certamen. La mayoría de las obras proceden de España (83,2%), pero se han recibido relatos procedentes de otros 21 países, como Arentina, Colombia, México, Brasil, Venezuela, etc. 

Por provincias, Navarra ha liderado el ranking de relatos enviados al concurso, con el 40,6%, seguida de Madrid, Barcelona, Vizcaya, Guipúzcoa, Valencia o Sevilla, entre otras. 

PREMIADOS EN EL XIII CERTAMEN

1 clasificado y Ganador: Divino (blanco como la cal) por Javier Casado Mayayo.

2º clasificado: Miraculously healed por Wibo Sefeld.

3º clasificado: Ze birus eta ze birusondo! por Garbiñe Zabala Zabaleta.

4º clasificado: Magia por Marcos Sánchez Mongay.

5º clasificado: Treinta años y una pandemia por Paloma Hidalgo Díez.

6º clasificado: Gora Fermín por Sara Pinto Herranz.

7º clasificado: El encierro por Manuel Blasco García.

8º clasificado: Vivir de fiesta por Patricia Collazo González.

9º clasificado: Mi vacuna por Amaia Goñi.

10º clasificado: Diminished por Larry Belcher.

DIVINO (BLANCO COMO LA CAL) – JAVIER CASADO MAYAYO

Los había visto alguna vez por la tele, pero nunca creyó que se convertiría en uno de ellos. Cuando los entrevistaban, los escuchaba incrédulo, recién levantado de la cama y en el telediario de las tres, contando sus batallitas: que si cada vez es más difícil buscar el hueco, que si los guiris, que si cada año hay más masificación… No entendía cómo eran capaces de sacrificar una sola noche de juerga sanferminera para vivir la fiesta al otro lado de la barrera. «Hace falta valor», murmuraba su padre, mientras él ahogaba la resaca en un cuenco de caldo caliente.

Sin embargo, la pandemia lo cambió todo, también a él, y tres años después allí se encuentra, un 7 de julio a las ocho y pico de la mañana, dispuesto a atender a los medios. Ayer se acostó pronto para descansar bien, y con los primeros rayos de sol se ha echado a la calle, periódico en mano, para coger sitio entre codazos y empujones y correr los últimos metros hasta la arena. Envuelto en sudor y todavía jadeante, abre el diario por la sección de San Fermín y se dispone a disfrutar de la primerísima línea de playa conquistada a orillas de Salou.



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viernes, 3 de septiembre de 2021

GANADOR DEL V PREMIO DE LITERATURA ILUSTRADA VILLA DE NALDA E ISLALLANA 2021

 María Cestafé gana el premio de literatura de Nalda

La ganadora del certamen recibió 500 euros, la publicación de su obra 'Los veranos de mi vida con difusión nacional e internacional y un lote de productos típicos del municipio



María Cestafé Torrecilla, con la obra Los veranos de mi vida , ha ganado el IV Premio Literatura Ilustrada Villa de Nalda e Islallana, dotado con 500 euros, la publicación del trabajo y un lote de productos típicos del municipio. El alcalde, Daniel Osés, acompañado del director del Centro Cultural Ibercaja, Millán Lozano; la gerente de CEIP Rural, Marta García; la directora de Editorial Siníndice, Judit Arteaga; y el poeta riojano y miembro del jurado José Luis Pérez Pastor han dado a conocer la obra ganadora de este certamen, organizado por el Ayuntamiento de Nalda e Islallana con la colaboración de distintos organismos y entidades.

 

Al V Premio de Literatura Ilustrada Villa de Nalda e Islallana han concurrido 27 obras de diferentes comunidades autónomas, e incluso de otros países como Argentina, Venezuela y México. La obra ganadora, al ser publicada por una editorial, tendrá una difusión nacional e internacional, lo que contribuirá a una gran proyección del municipio.

 

Cuando la situación sanitaria lo permita, se anunciará la fecha de la entrega oficial de premios que incluirá programación cultural. Daniel Osés resaltó “el firme compromiso del Ayuntamiento de Nalda e Islallana con la Cultura y con la promoción de nuestro municipio” así como su satisfacción “por la consolidación de este premio literario además del número de obras presentado y la variedad de sus lugares de origen , que por su carácter internacional muestra que cumple nuestro objetivo de dar proyección a Nalda e Islallana y también a La Rioja ”.

 

Osés agradeció a todos los participantes en el concurso, al jurado ya los patrocinadores que han hecho posible el concurso, al CEIP Rural, a Editorial Siníndice ya la Fundación Ibercaja y al Gobierno de La Rioja, "por su implicación y por contribuir a fomentar la Cultura en La Rioja y en concreto en nuestro municipio ”.

 

Por su parte, desde Editorial Siníndice y Fundación Ibercaja se han mostrado “encantados por participar por quinto año en esta iniciativa cultural a la que anima a seguir en sucesivas ediciones y ha reconocido la gran labor que lleva a cabo el Ayuntamiento de Nalda e Islallana en favor de la cultura de nuestra región ”, y desde CEIP Rural han resaltado que“ iniciativas como mejor aprovechamiento de la cultura de los pueblos ya fomentar el desarrollo rural ”.

 

El jurado del concurso lo integraron Daniel Osés, José Luis Pérez Pastor, Millán Lozano, Marta García y el gerente del Instituto de Estudios Riojanos (IER), Diego Iturriaga.






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