sábado, 4 de septiembre de 2021

GANADOR DEL V PREMIO DE ESCRITURA BREVE DE DIARIO DE MADRID

 Relato ganador del V Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid 2021


Bicicatrices

Héctor Vera Calderón


Bicicatrices, de Héctor Vera Calderón, de Lima (Perú), ha resultado vencedor del V Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid 2021.

Al mísmo han concurrido 180 trabajos que han sido enjuiciados por un jurado compuesto por 34 miembros, de México, Italia y España, a los que se agradece su labor. Sin ellos, este certamen no hubiera sido posible. A todos los participantes, de América y España, muchas gracias por su esfuerzo y contribución y una efusiva enhorabuena al triunfador. 

El correspondiente trofeo, una obra gráfica del reconocido pintor Antonio Lago Rivera, le será remitido en breve al ganador.

Hoy volví a pasar por el parque Matamula. Algo que no puedo explicar me empujó hacia allá, y una presencia potente formulaba en mi cabeza aquella pregunta, con voz inconfundible: —Torec, ¿una carrera alrededor de la pileta? ¿Ah? ¿Una carrera? Contesté mentalmente que sí, mientras sonreía, pero que esta vez cada uno montaría su propia bicicleta. Sonreí, es verdad… pero con tristeza. Mi añorado parque lucía fantasmal a esa hora de la mañana, entre verjas de hierro y privado de vida, probablemente por estar fuera de su horario de apertura al público. Cuando éramos chicos, el Matamula no estaba enrejado y se podía jugar allí a cualquier hora. Lo observé con melancolía desde el asiento de mi bicla. Hace un mes, y debido a problemas musculares en las extremidades inferiores —y también por estar sucumbiendo cada vez más a un alarmante sedentarismo—, un amigo doctor me aconsejó montar bicicleta aprovechando mis vacaciones en Lima. Para tal propósito me puse algo nostálgico y compré una bici azul de freno contrapedal, clásica y sin cambios ni mucho artilugio, como la que tuve de niño. La inactividad pedalística me pasó factura durante la primera semana, pues al descender de la cleta sentía una incomodidad inguinal exasperante que se hacía evidente en mi forma de andar: la de un vaquero pendenciero salido de algún western gringo, con las piernas muy abiertas. Pero a las dos semanas, los dolores —tanto de las piernas como de la región perineal— se desvanecieron, por lo que comencé a disfrutar mis paseos. Estando alojado en un hotelito de Pueblo Libre, mi circuito ciclístico comprendía la zona de la Plaza de La Bandera, quizás algunas calles aledañas y nada más. Mis incursiones por la metrópoli eran limitadas y cautas ya que el tráfico era imposible y los autos habían proliferado de una manera exponencial y peligrosa. Lima no era la que yo recordaba, y el instinto asesino de los micros y taxis era algo nuevo para mí. Pero hoy muy temprano —alentado no sé todavía por qué impulso —decidí alargar mis garbeos y muy resuelto me dirigí por la Avenida Brasil, y después de recorrer San Felipe, doblé hacia la Avenida Salaverry para pasar exactamente por la puerta principal del parque. Conforme me acercaba al Matamula, recordé las veces que mi padre nos llevó a mis hermanas y a mí a patinar y andar en bicicleta alrededor de los tres colosales caballos de bronce que se desbocaban irascibles en el medio de la enorme pileta central. Amarillentos almanaques y fotografías en blanco y negro atropellaron todos a una mi memoria. Tuve ganas de ingresar a mi viejo parque, escenario de pueriles juegos y traviesas aventuras, cómplice de las primeras borracheras nocturnas, mudo testigo de inexpertos besos púberes, y árbitro en una que otra pelea clandestina. Eso pensaba, cuando en ese instante sentí que algo tocó mi hombro, y giré la cabeza. Tonterías, deduje. Quizás fue alguna flor caída desde la rama de un árbol, bajos los cuales yo seguía pedaleando, en la ciclovía. Ya frente a la reja principal del parque, observé algo curioso: un niño flaco y espigado rodeaba la pileta central sobre su bicicleta roja, dando vueltas y vueltas. Imaginé que sería el hijo de alguno de los guardianes o trabajadores del parque, y sentí envidia porque me hubiera gustado a mí también ingresar y pedalear ahí dentro. A los pocos segundos, me pareció distinguir una bicicleta, también de color rojo, que pasaba a mi lado. Parpadeé y no hallé nada, pero volví a sentir ese toque en mi hombro y sonó la pregunta: “Torec, ¿una carrera alrededor de la pileta? ¿Ah? ¿Una carrera?”. Mientras contestaba afirmativamente en mi cabeza, me estremecí, pues en ese mismo instante se me presentó vívidamente aquella ocasión en la cual Jorge Luis y yo intercambiamos bicicletas en el Matamula y el plan acabó convertido en un desastre mayúsculo. Sonreí con dulzura al recordar a Jorge Luis. El gran y querido Jorge. Jorge Luis fue mi primer amiguito, el primer niño con el que jugué y con el que desarrollé una amistad increíble. Nunca tuvimos un altercado. Jamás una pelea, mucho menos un insulto entre nosotros. Cuando yo nací, Jorge tenía dos años de edad y ya vivía en el tercer piso del edificio. Compartimos ese pasillo por veinte años, hasta que circunstancias de la vida (más precisamente el terrorismo y la inflación) obligaron a mi familia a buscar suerte en el extranjero, y me vi forzado a abandonar mi barrio. Poco antes de mi partida a Venezuela, al amparo de la noche, con la ayuda de un destornillador arranqué la placa con la numeración del edificio y la hice firmar al reverso por todos mis amigos del barrio. Demás está decir que Jorge Luis fue el primero al que le solicité firmar algo que yo consideraba era mío por derecho de antigüedad, aunque valgan verdades, si a alguien le correspondía quedarse con ese letrero era a Jorge y no a mí. Simplemente yo me fui primero del edificio y por eso me adjudiqué esa licencia. Como muestra de reconocimiento, la firma de Jorge está en el centro (en el lugar de honor) de la placa que todavía conservo entre mis tesoros más preciados, y alrededor de su nombre figura el resto de camaradas y amigas.

Respecto a retratos y fotos junto a él, hay poco o nada que decir. A pesar de que la nostalgia haga trampas y me quiera hacer creer que por ahí, enrevesadas en los nebulosos caprichos del tiempo y el desorden, puedan existir instantáneas nuestras de cuando niños en alguna fiestita infantil, la verdad es que sólo poseo una fotografía con Jorge, tomada la semana antes de irme a tierras caribeñas, foto en la cual aparecemos abrazados en la puerta de nuestro edificio. La tengo guardada en mi álbum. Jorge Luis siempre me defendió en el barrio. Creo que de alguna manera me adoptó como su hermano menor, ya que él era hijo único. Si algún bravucón de algún vecindario aledaño llegaba a la cuadra intentando buscarme pleito, Jorge lo corría sin demora. Se había desarrollado bastante en su pubertad y el estirón que pegó nos dejó a todos cortos. Las bromas y apodos no se hicieron esperar entre la muchachada, e incluso a mí se me escapó un día compararlo con el Profesor Jirafales de la televisión. La mirada de sorpresa y decepción que me dirigió bastó para que me sintiera un vil gusano y le pidiera disculpas por mi falta de respeto. Así era mi relación con Jorge: definitivamente un hermano mayor, al que le debía miramiento y absoluta consideración. En las vacaciones escolares de enero, partíamos a la playa una docena de palomillas en bicicleta por toda la Salaverry, hasta la bajada de Marbella. Después de jugar fulbito tres horas regresábamos en bici también, muertos de cansancio y acalambrados pero felices, al borde del colapso por la subida empinada y a través de las cincuenta y tantas cuadras que separaban a nuestro edificio de la canchita al borde del mar. Jorge Luis solía ir y volver en bicicleta también, o al menos eso creíamos. En una oportunidad descubrieron que bajaba su bicicleta de un taxi unos doscientos metros antes de llegar a la cuadra y surgía por la esquina pedaleando como si hubiera hecho todo el trayecto de regreso en su bicicleta. Y fue esa bicicleta la que intercambié con Jorge Luis esa vez en el Matamula. La de Jorge era marca Monark, color rojo, con los frenos a ambos extremos del manubrio, de esas palanquitas que se apretaban con las manos y que mediante un sistema de cables presionaban a su vez las llantas y las hacían detenerse. Mi bicicleta era una Velox, azul, de freno contrapedal que me permitía el aspaviento de quemar llantas en simultáneo al frenado y girar la rueda trasera, levantando polvo para darle más dramatismo y espectacularidad a la maniobra. Ese día fuimos al parque, y no sé en qué aciago momento, a insistencia de Jorge, se nos ocurrió trocar vehículos y realizar una carrera de veinte vueltas alrededor de los caballos de la pileta, pero en rumbos opuestos. Así, Jorge Luis comenzaría a rodear la pileta en el sentido de las agujas del reloj en tanto que yo lo haría en dirección contraria. El que perdía compraba las gaseosas. Todo comenzó muy bien, tomándonos la apuesta a la chacota. Cuando nos cruzábamos en algún punto del periplo, hacíamos muecas burlonas y todo tipo de mohínes grotescos y pachotadas, y también aprovechábamos para anunciar la cantidad de vueltas transcurridas. Pero conforme fue progresando la carrera, advertí que el punto en el que nos encontrábamos favorecía cada vez más a una ventaja de Jorge Luis, y yo me retrasaba paulatinamente. Decidí hacer algo al respecto y entonces le puse más empeño a mis piernas y apliqué más concentración a mi cerebro, para recuperar un poco el terreno perdido. Jorge Luis se percató de mis intenciones y desde ese momento la carrera se convirtió en una furiosa competencia en la cual solo nos avisábamos las vueltas completadas al pasarnos por el lado. El resto del tiempo no podíamos vernos porque los enormes caballos de la pileta nos tapaban la visión del uno al otro. La velocidad fue aumentando de forma vertiginosa y esa sensación de volar sobre el cemento era deliciosa. A escasas cuatro vueltas para terminar la contienda, delante de mí se cruzó intempestivamente una pelota surgida de un sector de los jardines, y detrás de la pelota un niño de unos cinco años que la perseguía. El impacto fue brutal. No pude frenar porque el instinto y la costumbre me indicaron usar el contrapedal, recurso impracticable porque estaba montando la bicicleta de Jorge Luis y sus frenos estaban en el manubrio. Impulsé hacia atrás los pedales y mis piernas se quedaron dando vueltas interminables en retroceso mientras la bici se empotró contra el niño, a quien hizo volar como quince metros. Tal fue la fuerza del choque, que la llanta delantera se dobló toda, el manubrio se torció y zafó de su lugar y yo terminé también magullado, con feos raspones en los codos, la muñeca derecha dislocada y un golpe tremendo en la frente como consecuencia de aterrizar de cabeza en el duro pavimento. Ante los insultos estridentes de la nana del niño, y asustado por lo ocurrido, huí del lugar arrastrando conmigo la bicicleta de Jorge, ahora inservible. Tampoco quería que él llegara y viera su bici así. El pánico me invadió y me fui directo a la cuadra. En el camino pensaba la manera en que le explicaría a Jorge Luis lo que pasó y por qué su bicicleta se encontraba en tal estado. El niño no me inquietaba tanto porque cuando recogí la bicla y me aprestaba a fugar del parque lo escuché llorando, así que por lo menos muerto no estaba. Esperé a Jorge en la puerta del edificio, sin animarme a subir a mi casa a atenderme las heridas sino más preocupado por lo que iba a decirle. Media hora después apareció Jorge Luis por la esquina, con las rodillas sangrantes, rengo, y empujando a duras penas mi bicicleta. Al llegar a mi lado me contó que faltándole pocas vueltas, se le atravesó por delante una niña con su perro y que al intentar frenar, utilizó sus manos pero no encontró las palancas habituales (olvidó que llevaba mi bici contrapedal) y colisionó con la niña, ambos volaron despatarrados y toda mi bicicleta se abolló. Jorge también había decidido abandonar la escena del crimen inmediatamente, pero el dolor en sus rodillas no lo dejaba caminar muy bien y vino descansando en su retorno al barrio. Cuando le narré mi accidente, se sentó junto a mí y comenzó a reír. Soltamos carcajadas, desparramados y policontusos a la entrada del edificio, compartiendo detalles de nuestras respectivas odiseas, y revisando y comparando lesiones. Supimos que la marca en mi frente y las de sus rodillas no nos abandonarían nunca, y las bautizamos como nuestras “bicicatrices”, huellas que sellarían con sangre y piel nuestra amistad. Convinimos asimismo en que cada uno se haría cargo de las reparaciones de sus propias bicicletas.

Jorge Luis falleció hace veinte años, poco después de cumplir los treinta y uno. Cargué su féretro hasta llegar a nuestra cuadra junto con otros amigos y presencié emocionado cómo desde las ventanas de los edificios le llovían pétalos de flores a la vez que vecinos y vecinas lloraban su pérdida, invadidos por una extraña mezcla de dolor y rabia. No he vuelto a ver semejante homenaje póstumo a nadie conocido. Extraño a mi amigo. Y lo extraño porque ya abrieron las puertas del parque y hay dos niños abrazados, pactando tal vez un intercambio de bicicletas o una carrera alrededor de los briosos corceles de la pileta central de nuestro amado y eterno parque Matamula. Y lo extraño todavía más, ahora que regreso de mi ejercicio diario hacia el hotel, pues lo veo a mi lado, flaco y espigado, pedaleando en su bici roja, y escucho su voz mientras toca mi hombro, preguntándome persistentemente: —Torec, ¿una carrera alrededor de la pileta? ¿Ah? ¿Una carrera?

 


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